domingo, 6 de enero de 2008

Parte 23

Una fuerte ráfaga de viento hizo sonar la persiana de la terraza y noté el sobresalto de Blanca que con más ahínco buscó el rincón del sofá como si quisiera hacerse invisible, parecía que por fin la amenazante tormenta vespertina había decidido a manifestarse. Sin perder la vista de la puerta lentamente pasaban los minutos mientras afuera arreciaba el aire que ahora era un continuo golpear de las metalizadas láminas, que entre una y otra permitían ver el continuo resplandor de los relámpagos. No tardó en llegar el primer trueno, rotundo y sonoro sobresaltó a Blanca que a la vez me sobresaltó a mi que solté un maullido de preocupación, ¿que pasaba?, en otra situación estaríamos sentados frente al ventanal con la luz apagada viendo iluminarse la noche con las descargas de los rayos, oyendo como se rompía el cielo por la mitad sobre nuestras cabezas. Algo sonó en la cerradura, se cortó la respiración por un instante para verificar los temores, no había duda, el insistente visitante volvía a intentarlo - ¿Maite, eres tu? - absurda pregunta sustentada apenas po un hilo de voz que decía de su inconveniencia. Ya no cabía duda de que fuera quien fuera estaba dispuesto a entrar, ahora la cerradura se movía con violencia mientras veía como el rostro de Blanca se volvía lívido. No podía entender como no gritaba, tomaba el teléfono o huía por la terraza.

Ese miedo paralizante de los humanos es lo que percibió el energúmeno que se plantó ante nosotros un instante después, de la forma más natural aquel hombre robusto dio unos pasos hasta nosotros y cerró su tenaza sobre la muñeca de Blanca. - Vamos preciosa, ¿no sabes leer?

Antes de que la extrañeza sustituyera al miedo en el rostro de mi dueña ya había dejado yo diez líneas rojas sobre la mano el intruso, que sorprendido y dolorido me lanzó al fondo del apartamento. Con facilidad di la vuelta en el aire y con un gruñido que no dejaba lugar a dudas de nuevo me lance el visitante que tuvo que soltar su presa para defenderse de mi ataque a su pierna, de la que no puede desprenderme con la celeridad deseada. Blanca salió corriendo y eso impidió mi descabello, ya que la "bestia parda" opto por ella ignorándome a mi, su mano logró prender su cabellera mientras la empujaba hacia fuera. - Vamos bonita, se acabó la diversión.

Desde el centro del salón lancé tres lastimeros maullidos sin saber lo que hacer, después subí de nuevo al sofá y me quedé mirando la puerta abierta.

En este estado me encontró Maite unos minutos después cuando con su cara de asombro y su paquetito en la mano se recortó en el hueco de la puerta abierta. Incrédula y asustada repetía el nombre de mi dueña sin dar crédito, se acercó a mí y mientras me acariciaba vio sobre el asiento la nota de tinta verde con la consabida amenaza, se llevaba la mano a la boca para ahogar apenas un suspiro que quería escapar, cuando Skorbuto me vino a la cabeza, de un salto abandone la estancia corriendo por el pasillo hasta llegar hasta la puerta de Sergio, donde me planté aullando con fuerza hasta que vi aparecer su figura. - Pronto vuelves, ¿me echas de menos?

Mis maullidos se hicieron mas intensos reclamando su interés e intentando hacerle ver la gravedad de la situación. - ¿Ocurre algo?

Agachándose me tomo en los brazos y con presteza recorrimos los metros que separaban ambos apartamentos, desde la puerta se contemplaba la imagen de Maite, metro y medio de temblorosa piel morena que tras unas gafas trasparentes trataba de entender el papel que tenía en sus manos. - ¿Quien es usted? - dijo extrañada de verme en su brazos mientras daba un paso atrás. Sin saber lo que pasaba, de la garganta de Sergio salieron palabras tranquilizadoras que fueron reconfortando a la joven que extendía su mano mostrando la nota sin poder articular palabra. El la tomo y sin soltarla leyó el papel, después se detuvo un momento donde se forma esa curva entre los dedos índice y pulgar y dejó una breve caricia con las yemas de los suyos. Luego el teléfono, la policía, las preguntas y el "acompáñenme", que me sumió en la más profunda soledad y desasosiego. Maullando recorrí la casa durante un rato hasta que pude tranquilizarme un poco, después volví a la rinconera a esperar acontecimientos, sobre el asiento un paquetito que Maite traía en la mano, y que como comprenderán inmediatamente me puse a abrir para no poner en entredicho la fama de curiosos que tenemos los gatos. Mancillado el envoltorio encontré el tesoro, un delicioso pastel de limón con aire porteño que poco a poco fui mermando a lametones hasta que del "lemon pie" solo quedó la base. Y ahora me dormiré un poco, el pastel, la lluvia y el viento intentando arrancar las persianas han dejado maltrechas mis energías y necesito urgente reparación. Tal vez nos veamos mañana.

El gato.

Parte 22


Ya voy. Ya voy. Tan sólo me llevo un libro para el insomnio.
Si, me olvidaba. También mis anteojos. Es que sin ellos ya no puedo sino ver unos borrones que antes eran letras (y esto me preocupa bastante, ¿con lo que me gusta leer!)
Si, ya voy, ya voy.
Pero me olvido algo, se que me olvido algo... si, ya se: el lemon pie, porque se que a Blanca le agrada.
Pero, las llaves? dónde las habré puesto?, si, aquí, en el bolsillo.
Y ahora por qué tarda tanto este maldito ascensor? cuando mas se lo necesita...
Deberé ir por la escalera. Menos mal que son sólo tres pisos. Espero no demore el autobús, aunque mejor llamo a aquél taxi.
Maite se apura a subir al taxi con la intención de llegar cuanto antes a la casa de Blanca, pero, al parecer no es su día. Un tremendo embotellamiento la espera a las pocas cuadras, y los minutos pasan. Un raro presentimiento la mantiene preocupada y en silencio durante el viaje, muy a pesar de que el conductor, amablemente, le ha hecho comentarios acerca del clima
- qué mal tiempo estamos teniendo, está como de tormenta. Seguirá así como los últimos tres días? lo mejor sería que lloviera...
Pero Maite está tan preocupada por el llamado que la intranquilizó, que no atina sino a balbucear algunos monosílabos como para no parecer descortés.
Los minutos pasan y avanzan a paso de hombre. Casi le dan ganas de bajarse para ir caminando hasta el departamento de Blanca pero no, decide seguir en el taxi pues sabe que son muchas cuadras. Y a esas horas de la noche...
Los ruidos que se escucharon vienen de afuera. Eusebio paró sus orejitas primero, luego viró rápidamente y fijó su mirada en la puerta de entrada. Blanca quedó paralizada primero, luego preguntó
-¿Maite, eres tú?-
Por toda respuesta el picaporte se movió de arriba abajo, como si alguien, desde afuera, pretendiera abrir la puerta.
-¿Maite?
El taxista ahora silbaba un tema de moda, uno de esos que pasan sin ninguna trascendencia en la radio pues a los pocos meses ya nadie recuerda ni el tema ni el grupo que lo cantaba. Pero era un tema de moda, Maite lo sabía pues lo había escuchado. Por un momento se evadió de la preocupación y pensó su música, la que la acompañaba mientras escribía y en la que siempre hallaba inspiración, como "El invierno" de Vivaldi, o la Gran Pascua rusa por Rimsky Korsakov... y así pensando se encontró con que el conductor le anunciaba que habían llegado a la dirección que ella había indicado.
Pagó y bajó apresurada, preocupada porque temía que el lemon pie, tan amorosamente preparado, se hubiera deteriorado en el viaje.
Casi corrió los escasos metros que iban desde la calle al edificio. Aprovechó que una pareja de jóvenes que salían despreocupadamente dejaran la puerta a medio cerrar, por lo que evitó perder preciosos minutos. Subió al ascensor junto a un matrimonio de ancianos que demoraron en acomodarse, y que bajaron en el primer piso con mucho cuidado de no tropezar.
Al fin el quinto piso.
Ahora sí, ya llego -pensaba- mientras bajaba del ascensor, pero la sorprendió encontrar entreabierta la puerta del departamento de Blanca. Todo estaba en silencio. Sólo la luz halógena sobre los "Nenúfares" de Monet confundía los reflejos de cristal de la vitrina que seguían soportando los mismos portarretratos de amigos abrazados.
-¿Blanca?
El silencio envolvía los lugares conocidos.
-¡Blanca!
Un temor repentino, un presagio oscuro la invadió.
En la ventana pendía un pañuelo azul. Sobre la mesa un pequeño papel cuadrícula en el que con tinta verde habían escrito unos garabatos: "ULTIMO AVISO: SI QUIERE RECUPERAR SU MASCOTA COLOQUE SOBRE LA VENTANA UN PAÑUELO AZUL".
Sobre la rinconera, un mudo testigo la miraba

Mónica Oporto

Parte 21

Como dicen los cantores "de vez en cuando la vida nos besa en la boca", y así de feliz andaba yo de regreso al hogar embriagado de ternuras y perfumes.

Sin dejar de susurrarme y acariciarme Blanca empujó con el pie la puerta entornada permitiendo el retorno después de tanto tiempo a tan reconocible paisaje que tan bien definía a mi dueña.
Del Pionner emanaba tenue "El carnaval de Venecia" de Paganini, la luz halógena sobre los "Nenúfares" de Monet confundía los reflejos de cristal de la vitrina que seguían soportando los mismos portarretratos de amigos abrazados, y aquella rinconera acariciadora de la que a veces contra voluntad era desplazado por el ocasional personaje que intentaba domesticar el carácter indómito de Blanca.

Allí acabamos sin que cesara la caricia que me hacía cerrar los ojos y abandonarme en "quejumbroso" ronroneo, pero algo debió sobresaltar a mi dueña cuyo cuerpo sentí tensarse bajo el mío y las manos que acariciaban se convirtieron en una tenaza inerte que reposaba sobre mi cuello. Siguiendo la dirección de su mirada intenté saber cual era la causa del desasosiego, en el suelo, un pequeño sobre que posiblemente la puerta había arrastrado en su recorrido y del que hasta entonces no se había percatado. Despacio se levanto y lo recogió sin soltarme, de nuevo en el sofá extrajo su contenido, un pequeño papel cuadrícula en el que con tinta verde habían escrito unos garabatos: "ULTIMO AVISO: SI QUIERE RECUPERAR SU MASCOTA COLOQUE SOBRE LA VENTANA UN PAÑUELO AZUL", con preocupación miró la ventana sobre la que aun pendía un trapo azul que había colgado hace días siguiendo lo que pensó una broma de su dislocado vecino. Sintió un escalofrío y ya no le pareció gracioso, bajó la persiana y recordó los breves instantes que la puerta se había quedado abierta, miró en todas las direcciones y con miedo manifiesto entró en habitación, baño y cocina, a nadie encontró ni nada parecía haberse alterado en el riguroso orden de la joven, aun así no se sintió tranquila, tomó el teléfono y de la agenda empezó a pulsar los números escritos tras una letanía que decía "Sergio (vecino)", pero otra idea debió contradecir a la primera ya que colgó el auricular con cierta urgencia. Volvió a tomarlo, esta vez tras los nueve números se oyó al otro lado el tono insistente de la llamada, por fin alguien contestó:

- ¿Maite?.........¿puedes venirte a dormir a casa?...... estoy un poco intranquila.

¡Rayos! ¿Que está pasando?. Me apreté contra Blanca y sin quitar los ojos de la puerta, y al igual que ella, me dispuse a esperar la llegada de Maite.
El gato.

Parte 20

Cuando andaba contándoles que gracias a la torpeza humana que no diferencia el guarismo 4 del 7, un puente se convierte en una semana, y los gatos semiabandonados, que es como empiezo a sentirme, tenemos que recurrir a bebernos el agua de los floreros para sobrevivir, a punto estaba de ahogarme entre las flores pretendiendo llegar al agua, cuando saltaron los cristales de la ventana en mil pedazos que cayeron sobre mi y sobre el resto de la estancia, que al momento se llenó de humo y llamas por la fortísima explosión que se produjo en el interior. Por el mismo hueco abierto huí en desenfrenada carrera llevándome por delante un perro chato que por los mismos motivos andaba por la terraza ladrando aterrorizado. Por el susto o por mal carácter soltó un ladrido como un trueno que erizó hasta mi último pelo y me hizo soltar un bufido que a punto estuvo de arrojar mil corazón por la boca. Corrí desesperado saltando de un sitio a otro hasta que me di cuenta de que no sabía donde estaba. Quince días me costo volver, bebiendo agua en los canalones de los tejados, comiendo desperdicios y cazando algún roedor bajo las cubiertas como llevaba siglos sin hacer, un poco más sucio pero contento de haberme buscado la vida por mi mismo.

Aunque mi huida se produjo dirección Nor-Noreste mi accidental vuelta fue por occidente, con lo cual antes de encontrar el apartamento de Skorbuto encontré el de Blanca, con la sorpresa mayúscula de que se hallaba encendido, miré entre las cortinas y divisé el pico de un albornoz del que salía una pantorrilla y una inconfundible zapatilla anaranjada de peluche que vestía el pie de mi dueña.
Dubitativo marché sobre los muros divisorios hasta encontrar el segundo apartamento, que se encontraba con los cristales reparados pero habían desaparecido las mullidas alfombras y la mayoría del mobiliario. Sobre un sofá de diferente pelaje divisé tumbado a mi dueño con la misma camiseta acreditativa de costumbre que ni las llamas habían conseguido devorar.
Esa devoción por lo anaranjado de mis dueños sin ser holandeses me hizo sonreír y pensar en lo complejo de la raza humana empeñados en mostrar en publico una imagen que no les corresponde
Ni muy alto ni muy bajo lancé un suave maullido para que llegara solo a los oídos deseados, lo que debí hacer con el registro perfecto ya que con grandes muestras de alegría (entiendo) el peculiar morador vino a abrirme la puerta.

- ¡Eh! ¡Si señor! ¡aquí está mi pandillero!- y dándome un abrazo entusiasta expresó su alegría por haber conservado al menos alguna de mis vidas.

Yo me vi en la obligación de corresponder caracoleando entre sus piernas llenando de pelos su pantalón verde botella y de maullidos la estancia

- ¿Qué tal chico? Estaba muy preocupado, pero al no encontrarte entre los cascotes supuse que habrías escapado. Anda ven a comer un poquito y que te ponga en condiciones para darle uina alegría a alguien.

Mientras tiraba el agua por el afán de beber esa delicia tan limpia y comerme las bolas de pienso a velocidad de vértigo, Skorbuto me pasaba por el pelaje un paño húmedo y perfumado que mejoraba sensiblemente mi aspecto, cuando terminé me llamo con una palmadita sobre el pecho para que subiera a acompañarle, ya saben que es propenso a sentirse Tarzán, por lo que por no romper su entusiasmo subí un ratito para gratificarle mientras él tomaba el teléfono portátil y marcaba, a mi lado, sobre el asiento un periódico desplegado ofrecía varias fotos bajo unos titulares que decían: "ATENTADO CONTRA EL DOMICILIO DEL ACTIVISTA SERGIO PANERO", en una de ellas se le veía en una Zodiac que claramente podía leerse "Greenpeace" a punto de alcanzarle un bidón que desde un buque inmenso le lanzaban en un mar bravío, en otra encadenado a las puertas del Fondo Monetario Internacional frente a un "madero" que con la mirada y una estaca en la mano le estaba dando las claves para no volver a adoptar esa estúpida postura. Skorbuto era un activista, un poco mayor me parecía para ser tan majadero, pero me pareció bien que compartiéramos un lado aventurero.
Por la proximidad al teléfono pude oír y reconocer la voz de blanca.

- ¿Dígame?
- Volvió su gato.
Por un momento se corto la comunicación supongo por la emoción, yo me hinchaba más como un pavo que como un gato y me dejaba querer.
- ¿Me lo puede traer?
- No, venga usted a mi casa
- ¡Ah! ¿Pero tiene casa?
No me gustó el tono jocoso que iba tomando la conversación y que daba inequívocas muestra de que Blanca y Skorbuto habían tenido algún encuentro previo que estaba pendiente de resolverse a los puntos o al KO.
- No creo que para intercambiar un gato necesitemos la Puerta de Brandemburgo.
Pero bueno, que falta de respeto hacia mi persona, "un gato".
- Es que no estoy vestida
- Yo tampoco, pero me pondré el "smokin" si tiene la gentileza de visitarme.
- ¿Ese que pone "Skorbuto"?
¡Rayos! ella también conocía el secreto del atolondrado activista ¿conocería también que se titulaba "Sergio Manuel"?
Un gruñido más o menos a forma de despedida permitió colgar el auricular y pocos minutos después el sonido del timbre permitió recortarse en el hueco de la puerta la figura de Blanca, que tras un chándal del color de su nombre y unas deportivas sin calcetines intentaba apabullar como sin querer al pobre "piltrafilla" que se escondía tras tan ridícula indumentaria. A Scorbuto se le extravió la mirada un momento y acertó a decir
- ¿No quiere pasar?
Aunque seguro que pensaba es: "está buena de cojones", y eso que no se si se habría apercibido que voluntaria o involuntariamente nada llevaba la joven bajo la deportiva prenda.
- Pues no- contestó ella- por favor el gato.
Aparecí en escena y apretándome contra su pecho empuje su cara con mi cabeza, seguro de que Scorbuto me envidiaba. Desde allí lo miré un momento, "cabronazo", seguro que me decía.
Blanca empezó a caminar pasillo adelante haciéndome caricias mientras a su espaldas dejaba la voz del desdichado vecino.
- De nada.
- De gracias que no le he pedido la recompensa.
- Llévese los candelabros si quiere.
Sugerente conversación que revela que es posible que no exista un después, pero seguro que ha habido un antes cargado de ternura, sensibilidad y cariño,
no hay que más que ver como se afilan la uñas.
Echaré de menos a ese hombre mal vestido que me invitaba a cariño y cerveza.

El gato

Parte19


¡Eusebiooooo!

¡Eusebiooooooo!!!!

Pero Eusebio no daba señales de vida.

Dos semanas internada después de que aquél automóvil la atropellara y la dejara tendida frente a la estación de Chamartín, todo había sido un vértigo lleno de sombras y olvido. Dos semanas tendida en la cama del hospital, mirando una blanca pared y caras que la trataba dulcemente pero que no reconocía. Dos semanas de vacío.

Hasta la recuperación, fugaz al principio, pero sólida después, de su historia, su vida, y... su gato. Aquél minino compañero de sus momentos de soledad -los que se producían entre álvaros y juanes-. Pensaba en aquella noche, cuando no volvió, e imaginaba a su peludo amigo intentando entrar, como siempre, con aquellos golpecitos de su pata en la puerta de la terraza que le anunciaban su regreso nocturno. Estaba desolada de pensar que le hubiera pasado algo, ya que, a estas alturas, Eusebio era su reducida familia. Llego al departamento. La casa estaba fría y oscura, y algunas cartas se habían amontonado luego de que fueran arrojadas por debajo de la puerta. Las levantó, algunas cuentas para pagar (siempre es igual, en cualquier parte del planeta). Sin embargo, le llamó la atención un sobre que no llevaba remitente. Lo abrió con mucha curiosidad. El interior contenía un pequeño papel, con un escueto mensaje: TENEMOS A TU MASCOTA. SI LA QUIERES DE REGRESO DEBERÁS COLOCAR UN PAÑUELO AZUL EN LA VENTANA.

Mónica

Parte18

¿Que pasó?, ¿se acabó el mundo?, ¿se les comió la lengua el gato?, ¿o es que prefieren que la historia de la humanidad la cuente un minino?.

Mientras tanto, hasta que aparezcan de nuevo el Sr. Antunez, Mayte, Álvaro o Juan, les contaré algo sobre mi nueva vida.

Tengo un grave problema de identidad, meo en una caja de tierra perfumada que pone "Simba", bebo agua en un cuenco que pone "Isidoro" y durante unos días he visto un trapo por el suelo que decía "odio a esos marditos roedores. Félix", pero yo no me he dado por aludido y he seguido tumbándome en alfombras y sillones sin que parezca que a Skorbuto le importe demasiado.

Al día siguiente de mi llegada, el fulano raro me sometió a conversación más que a interrogatorio, preguntándome como me llamaba, a lo que respondí con un "miau" que intentaba dar un punto de rigurosidad histórica: "Apsunamún". Y mira que se lo dije clarito, pero él llevándose la mano al pecho dijo: "Yo Sergio, tu......".
Me quedé un poco asombrado por su torpeza pero volví a repetir lo mismo pero esta vez más despacio, "Ap-su-na-mún".
Cuatro veces repitió el ritual de golpearse el pecho como un mono, "Yo Tarzán, tu Llein" (como Llein Fonda), por lo cual viendo difícil la comunicación con el primate, cada vez le respondía una cosa: "Sampedro"....."Durruti"......"Gromenagüer"......"Benedicto XVI", ¡¡hostia!! se hizo el silencio divino y pensé que me había entendido, pero tras unos dubitativos segundos sentenció.
- Está bien, entonces Sirkán.
Con lo cual yo, agotado por el esfuerzo baldío, llevándome una pata a un lugar que una era el pecho le espeté: "Yo Sirkán, tu Skorbuto" (en gatuno lógicamente).

Desde entonces lleva empeñado en educarme, me dice:
"Sirkán, sit, sit," y entonces yo de doy la mano, luego medice "Sirkán the hanb" y yo me tumbo panza arriba, ¡Ah!, también me enseña atacar, y a eso le respondo porque como aun no me atrevo a salir me sirve de ejercicio. Corro por el salón y apoyándome en el sofá le salto encima mordiéndole un brazo donde lleva enrollada una servilleta de cuadros verdes. Lo que más me molesta es el ridículo grito con que me llama y que alguna vez el "eco" devuelve por las terrazas ¡¡¡Al ataquerrrr!!!!

Hoy me ha llevado al veterinario, y al pasar por el portal he descubierto dos pasquines con sendos dibujos que me delatan, con un pelaje similar al gato de los Simpsom, pegadas en paredes opuesta rezan bajo mi rostro estas frases: "¿Alguien ha perdido este animal?" (dolorosa), y en la otra: "Este gato no es mío" y debajo de ambos la misma letanía "Sergio Manuel Panero, ático 3, bla, bla, bla..... recompensaré a quien se lo lleve". (Sergio Manuel, casi me dan ganas de llamarlo por su nombre) Además uno de los dibujos ya lo habían mancillando pintándome unas gafas, un bigote y un "bocadillo" donde se leía: ¡¡Viva la República!!.

Obviamente el veterinario del barrio me conocía, no mucho pero me conocía, así que de un cajón sacó un extraño artilugio con el que dijo que leería el código del chip que llevaba insertado en el cuello, gracias a ello Skorbuto se enteró del nombre de Blanca, de su teléfono, de que vivía en otro de los áticos del edificio y que no me llamaba Sirkán sino "Pipo", lo que no pareció afectarle mucho, ya que con un gesto y un susurro dijo buscando mi aprobación: Sirkan..?

Ya de vuelta y tras comprobar que en casa de mi dueña no había nadie, Skorbuto tomó el teléfono y mirando un papel que tenía en la mano marcó un número y espero unos segundo, acostumbrado ya a sus incoherencias le escuché sin sobresalto "Si ha perdido algo que empieza por GA y termina por TO, puede pasar por el ático 3", después colgó.
Esta operación la repitió a lo largo del día dos veces más:
"Señorita Blanca, por favor, su gato se está comiendo los geranios", y la última:
"Señorita Blanca, por favor, si es usted una persona y no la cabra de Heidi, ¡manifiéstese!".

Después de esto me miró y me dijo "Atento Sirkán, me tengo que marchar cuatro días y no tengo donde colocarte, así que presta atención que se que me entiendes. Te voy a dejar cuatro platos de comida y agua repartida por toda la cocina, tu verás como te organizas", entró en la habitación y salió con una bolsa colgada del hombre, "Defiende la casa", me dijo el atolondrado, después cerró la puerta y marchó, creo, a un sitio que llaman "puente" que intuyo que ilusiona mucho a los humanos pero que a nosotros nos joroba bastante. No obstante, si usted va a ese sitio en fechas próximas, ponga empeño en pasarlo bien.


The gato.

Parte17

Una semana llevo deambulando desde que mi dueña desapareció, en su apresurada huída se olvidó de mi existencia, o quizá era tal la premura de la partida no permitió aguardar mi regreso.

Desde hace un tiempo la noto confusa, como ausente o cansada, quizá acompañe este tiempo impreciso de comienzos de otoño, cuando dicen los humanos que se acentúan las nostalgias y las tristezas, lo cierto es que una noche, después de mi paseo vespertino por las azoteas, encontré que la puerta de la terraza no mantenía franco el paño de cristal que habitualmente permitía mi retorno, las luces estaban apagadas y no logré apreciar movimiento alguno en el interior, por más que intenté con la pata abrirme camino hacia el confortable refugio no conseguí más que lastimarme. Varias veces volví durante la noche ofreciendo mi más lastimero maullido al cristal que devolvía mi desolada imagen, pegado a él me dormí esperando el auxilio que me liberase del frío y el hambre que los gatos domésticos no estamos acostumbrados a soportar, allí me sorprendió el día sin que la situación tuviese visos de cambio. Durante toda la jornada no fui capaz de encontrar nada comestible, apenas unos tallos verdes de unas macetas en una terraza que más dañaron mi estómago que entretenerlo, el continuo deambular me tenía cansado y la proximidad de la nueva noche me preocupaba un poco más de lo que hubiera deseado, por lo que decidí visitar los apartamentos colindantes en busca de amparo. Tan solo en tres de ellos pude apreciar actividad, por lo que armado con mi mejor aspecto plañidero, alternativamente y sin descanso transite sus umbrales a la espera de misericordia. Como el tiempo pasaba y apremiaba la solución cada vez me acercaba más a los cristales esperando un gesto de confianza que permitiera mi acercamiento, pero tras una hora de lamentos vi como se levanto una persona, que exclamó sin ningún género de dudas: ¡puto gato!. Como gato que lleva el diablo salí corriendo de allí, porque lo dice el refrán y porque lo creí conveniente dado el tamaño del energúmeno y por el objeto arrojadizo que en la mano llevaba. Esto me mantuvo aterrorizado y escondido un rato tras un tambor de detergente con el que tropecé en mi alocada huida, pero como otro refrán dice que cuando la necesidad aprieta ni los ..... de los muertos se respeta, volví a la carga con más prudencia y menos entusiasmo, tres apartamentos más lejos que el del cromagnón, vi un haz de luz que diluía las tinieblas, en él me planté a una distancia prudencial cambiando el registro para evitar el enojo.

Tras el cuarto quejido apareció en la cristalera un extraño personaje con un pantalón de pijama verde y una camiseta naranja en cuya pechera podía leerse "Skorbuto", el fulano abrió la puerta y yo recelando di un salto hacia atrás, entonces él se agachó y extendiendo la mano dijo: "Hola Sir-Kan", sin lugar a dudas había encontrado un amigo, presto me acerqué y empujé con mi cabeza la mano tendida que inmediatamente se convirtió en una caricia.

- ¿Te has perdido, eh?, anda entra.

Sin dar crédito por mi buena suerte entré despacito en aquella casa cálida con olor a vainilla y llena de alfombras que esperaba hacer mías en breves instantes, "Skorbuto" se sentó en el sofá y me tendió un trozo de bacón de la pizza que estaba comiendo, - ¿Tienes hambre?- yo se lo agradecí con un ¡Miau! especial y tras ese trozo vinieron otros muchos que reconfortaron mi ánimo. Terminada la cena y muerto de sed me atreví a subirme a la pequeña mesa y dar un lametón a la cerveza que "Skorbuto" había abandonado. Vi como me miraba sonriente, después me llevó a la cocina y me puso un cuenco con agua en el suelo para que bebiera, me vi en la obligación de restregarme varias veces contra sus piernas como muestras de agradecimiento y enredado en ellas me llevó hasta la puerta de la terraza, donde me dijo: " A mear", yo dude un poco por si me había confundido con un perro, pero como soy listo y entiendo idiomas opte por hacerle caso, pensando incluso ir a mearle las macetas al cromagnon, pero me pareció demasiado arriesgado por la distancia, lo hice en una de la que sobresalían unas hierbas secas, y como es preceptivo en un gato educado con la pata lo tapé de tierra, después corrí al abrigo de este nuevo hogar donde me esperaba una noche reconfortante.

El gato